Febrero, el mes de amor.

«Pasear por Cáceres es como meterte en una película de la edad media». ¿Cuántas veces no habremos escuchado esto? Hay rincones maravillosos en la judería, callejones llenos de flores o desde donde se ve iluminado el camino al Santuario de la patrona, la Virgen de la Montaña. Hay torres desde donde se pierde de vista la llanura y resulta el lugar perfecto para robar un beso. Miradores de ensueño desde donde poder sorprender a tu pareja con una petición romántica al atardecer o ¿por qué no? Tener un momento de «intimidad» dentro del coche, al más puro estilo cacereño (¡Ojo que eso ya no se hace! pero nos tememos que, debido a esta escena de la serie «Sequía» de RTVE, se va a poner de moda otra vez).
 
 
A Cáceres no le falta de nada. Ni siquiera una de las historias de amor más románticas del siglo XVI que puso en jaque al mismísimo Hernán Cortés y al propio emperador Carlos V.
Esta historia fue la de Isabel de Moctezuma y Juan Cano Saavedra. 
 
Ella era hija del emperador Moctezuma II, heredera del imperio que su padre consiguió aunar bajo su reinado y que Hernán Cortés le robó. Isabel era entonces una niña de unos 10 años que fue encerrada en un convento. Pero con el tiempo, Isabel se convirtió en una bella joven de la cual Hernán Cortés se encaprichó. 
 
Dependiendo de quién te cuente la historia podrás leer que ambos vivieron un amor consentido y que ella quedó embarazada. Pero seguramente esté lejos de toda lógica ya que Isabel era aún muy joven y su educación fue profundamente católica en el convento, por lo que resultaría más plausible que fuese tomada a la fuerza o engatusada por Cortés con promesas de matrimonio. Debió ser así ya que, cuando el capitán se enteró de q ella estaba embarazada, la obligó a casarse con uno de sus militares. Dando a luz, poco tiempo después, a una niña a la cual Isabel repudió desde el momento de su nacimiento. 
 
La vida de Isabel fue difícil, acomodada, pero difícil y sin amor. Tras el fallecimiento de su marido, Hernán Cortés la obligó a casarse con otro de sus hombres de confianza quién, además, la pegaba y fue condenado por ello. Isabel no era feliz. Tuvo otro hijo, un varón. Aún no había cumplido los 19 y una vez más, enviudó. Su posición era alta, tenía un gran patrimonio heredado de sus maridos y se le otorgó el señorío de Tacuba, más que nada para tenerla callada.
 
La hija del emperador seguía siendo joven y había aprendido a sobrevivir en un mundo de hombres, entre desprecios, violaciones y maltratos. Sin conocer el amor. Pero entonces Isabel se fijó en un caballero de aquellos muchos que revoloteaban por la antigua Tenochitlan. Mucho mayor que ella, sí, pero en cualquier caso mucho más joven que sus otros maridos. 
 
Desde las celosías de su casa, encerrada por el luto que aún le acompañaba, Isabel observaba a ese caballero que de vez en cuando se acercaba a su puerta a llevar una carta.
 
Una tarde no lo pensó dos veces y mientras el caballero hablaba con el criado ella bajó las escaleras, despacio, sintiéndose segura de que había encontrado lo que tanto había anhelado. Juan fijó su mirada en doña Isabel. La conocía. La había visto muchas veces del brazo de sus esposos, siempre con la mirada triste y perdida. Todos en Méjico hacían comentarios sobre el estatus y la vida de esa mujer salvaje de sangre indígena. Ella, sin duda, era azteca. No había más que verla. Con la cabellera larga, sedosa, ojos profundos y nariz marcada por su extrema delgadez.
 
 
Juan se las ingeniaba para ir a casa de doña Isabel a llevarle misivas y correspondencia sobre sus señoríos. Reclamaciones de los colonos que laboraban sus tierras o recoger los pagos a la corona. 
Y así poder verla, aunque fuese un instante, en los peldaños de la escalera, vestida de luto. Con la sola luz que atravesaba la puerta entreabierta.
 
Isabel y Juan se enamoraron sin cruzar palabra. Pero sí cartas. Porque de entre la correspondencia que llevaba y recogía, iban versos de amor.
 
En cuanto Isabel pudo quitarse el luto, Juan la recogió en una discreta carroza y fueron a ver las tierras de la señora de Tacuba, lejos de miradas de la alta sociedad, lejos de los comentarios, lejos de los tentáculos de Hernán Cortés. No había dudas para Isabel: Juan Cano Saavedra, ese joven rebelde cacereño la trataba con el respeto que ningún otro hombre había mostrado por ella. Cuando Juan rozaba la mano de Isabel se le erizaba la piel. Crecía en ella el deseo de ser tomada, un sentimiento que a lo largo de sus aproximadamente 20 años de vida jamás había experimentado. No tardaron en concertar su matrimonio. 
 
Cuando Cortés se enteró del futuro enlace le llevaban los demonios: Isabel había conseguido romper la tela de araña que había tejido entorno a ella para controlarla y para colmo, de mano de uno de sus hombres de más confianza. 
 
Isabel y Juan eran libres. Estaban enamorados, poseían gran influencia y juntos tenían una de las fortunas más importantes de Méjico. 
 
Juntos reclamaron a la corona española los tesoros, los territorios y el oro de Moctezuma II poniendo patas arriba la corona de Castilla y todo el imperio de Carlos V. Isabel sola no podría haberlo hecho, pero Juan estaba dispuesto a luchar por su princesa azteca. La emperatriz.
 
 
Parece ser que en los tribunales llegaron a dar la razón a la causa de Isabel, aunque nada de todo aquello recuperó. Pero sí legó a sus descendientes el poder ir con la cabeza bien alta y el poder tener una ascendencia imperial y dejar su historia plasmada en un escudo de armas. Escudo que luce el Palacio de los Toledo Moctezuma en su torre, en su patio y en los frescos de sus salas: 13 coronas de oro.
 
Juan quiso traer a Isabel y a sus cinco hijos a Cáceres. Enseñarle sus orígenes, que conociese el viejo continente, regresar como otros muchos hicieron para vivir en una ciudad tranquila y con comodidad. 
Volver con Isabel era el sueño de Juan pero nunca lo pudo realizar. Isabel enfermó gravemente y en la flor de la vida, con tan solo 40 años, doña Isabel de Moctezuma falleció. En su testamento reconoció que Juan fue el único hombre a quién realmente amó. 
 
Juan vivió el resto de sus días añorando a Isabel. Nunca se volvió a casar. Crío a sus 5 hijos solo, con la figura de Isabel siempre presente. 
 
 
Siendo ya muy anciano y sintiendo la muerte cerca, volvió con su primogénito a Sevilla deseando poder pisar Cáceres por última vez y mostrarle a su hijo la Ribera del Marco, atravesar la Puerta Nueva donde juraron los Católicos, cabalgar entre las jaras, las parras y los olivos que le vieron crecer. Pero antes, debían arreglar los papeles de la herencia y de sus territorios en uno y otro continente y allí murió. En Sevilla. 
 
Su hijo prometió cumplir el deseo de su padre. Llegó a Cáceres e inmediatamente se enamoró. Se sintió atrapado por sus gentes sencillas, ciudadanos libres de semblante tranquilo y fue arropado por la nobleza de estirpe centenaria que tenía los ojos puestos en el Nuevo Mundo y en las riquezas que aportaba, también en lo exótico de su cultura y sus costumbres. Un mestizo de exquisita educación castellana que llegó para quedarse. 
 
Esta y otras historias de amor la podrás escuchar en nuestras visitas nocturnas de Misterios y  Leyendas por la ciudad monumental de Cáceres.
 

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